Cuando la madre muere: duelo, vacío y transformación psíquica

La muerte de la madre deja un vacío difícil de nombrar.

Para Clara y Giovanni

La muerte de una madre no es solo un evento biográfico; es una sacudida sísmica en el paisaje psíquico del sujeto. Para quien ha nacido de ella, la madre —más allá de la biología— representa el primer abrigo, el primer espejo, el primer límite. Ella fue el arrecife silencioso sobre el que rompían todas las primeras olas.

La madre fue el primer continente donde existimos. Desde allí fuimos cuerpo, necesidad, angustia, deseo. Desde allí fuimos nombrados por primera vez. Cuando ella muere, algo más que su cuerpo se va: se desarma la brújula afectiva que, aún en la distancia o el conflicto, daba sentido al mundo emocional. La mente queda flotando, como en medio de una bahía sin faro. No importa la edad del hijo o hija: la orfandad materna no se mide en años, sino en desorientación simbólica.

Su ausencia no solo duele: desestructura. Porque cuando la madre muere, no solo se pierde un cuerpo querido. Se pierde un lenguaje, un ritmo, una forma de entender el mundo. Se pierde, también, una versión de uno mismo: el hijo o hija que existía solo en sus ojos ya no puede ser convocado.

Incluso en relaciones tensas o distantes, su desaparición activa algo profundo y arcaico. No solo se llora por ella. Se llora, también, por lo que ya no podrá ser reparado.

El duelo según Klein

Melanie Klein propuso que, frente a una pérdida significativa, el aparato psíquico revive un conflicto infantil: la amenaza de perder al “objeto bueno”. Es decir, aquella imagen interna de la madre como figura protectora, amorosa, contenedora. En su texto Duelo y manía (1940), Klein explicó que el duelo moviliza agresiones reprimidas, culpa inconsciente y un intento de reparar simbólicamente lo perdido.

A diferencia de Freud, quien veía el duelo como una retirada del afecto hacia el objeto perdido, Klein entendía que la tarea del duelo es restaurar dentro del yo una imagen suficientemente buena del objeto ausente. Pero no siempre se puede. Cuando la madre murió dejando heridas, silencios o traumas, el duelo se vuelve aún más complejo.

En esos casos, el proceso se mezcla con ambivalencias: amor, odio, culpa, alivio, dolor. Y allí es donde el análisis puede acompañar: no para idealizar a la madre ni para demonizarla, sino para desanudar el lazo interno que aún la retiene.

Cuando la madre real muere, el sujeto no solo se enfrenta a la pérdida del vínculo externo, sino a un reordenamiento profundo de sus objetos internos. ¿Qué de ella queda dentro? ¿Qué en mí se derrumba con su ausencia? ¿Cómo se reconfigura el lugar desde el cual fui amado o herido?

Es un duelo que toca lo más arcaico: el miedo a la desintegración, al abandono, al desamparo. Pero también abre una posibilidad: la de reelaborar el lazo desde otro lugar, donde ya no se depende, sino que se reconoce el impacto y se transita la transformación.

La señora Clara y el legado invisible

Hay madres cuya huella permanece no solo en los gestos o las costumbres, sino en las palabras que sembraron sin saberlo. La señora Clara era una de esas mujeres. No publicó libros, pero llenaba cuadernos con cuentos que nunca mostró. Amaba la escritura como quien ama el mar: desde lejos, en silencio, sin hacer olas. Su hijo —que se volvió escritor— siempre dijo que aprendió a leer escuchándola deletrear recetas y escribir cartas.

Cuando ella murió, él no solo sintió dolor: sintió vértigo, como si el horizonte se hubiese corrido. Y es que la madre, para quienes escriben, suele ser también la primera lectora imaginaria. Esa que da permiso para contar, que escucha incluso lo no dicho. En la mesa donde Clara escribía aún quedan papeles doblados con tinta azul. Su hijo los guarda como se guardan los mapas náuticos: no porque ya no haya tormentas, sino porque alguna vez sirvieron para navegar.

En una carta abierta escrita tras la muerte de su madre, Clara, el escritor colombiano Jaramillo dejó una frase que resume con honestidad lo que muchos no se atreven a decir:

“No entenderás nada hasta que se muera la tuya.”

Es una advertencia, pero también una plegaria. No hay manera de comprender la muerte de la madre desde afuera; es una experiencia iniciática, un descenso al fondo más oscuro del ser. Cuando Jaramillo dice que habita días que se parecen “a lo que intuyo podría ser una estancia en el fondo del mar”, está nombrando con exactitud lo que en clínica se reconoce como el estado liminal del duelo materno: un territorio donde el tiempo se espesa, donde todo suena amortiguado, donde respirar duele.

El fondo del mar es metáfora y también geografía del inconsciente. Allí, donde la presión es extrema y la luz apenas llega, el yo se reconfigura entre los restos del vínculo perdido. En ese espacio simbólico, el hijo se convierte en testigo de su propia orfandad emocional y, poco a poco, empieza a distinguir los ecos que la madre dejó en su interior.

Jaramillo escribe:

“Quizás el único y secreto oficio que comparten todas las madres es el de mineras del alma: escrutar la opacidad de sus hijos hasta encontrar lo brillante y echarlo hacia arriba.”

Klein afirmaba que la madre buena es aquella que tolera las partes oscuras del hijo sin destruirlo ni huir de ellas. En ese sentido, Clara no fue solo madre: fue continente psíquico, una figura capaz de descender a los abismos emocionales del hijo para extraer luz sin perder la suya.

Y cuando ella muere, el hijo queda, por un tiempo, sin esa mirada que lo devolvía a la vida, sin ese ojo que lo reconocía antes de que pudiera reconocerse.

Jaramillo nos recuerda que el duelo no se supera; se transforma en materia viva. Su escritura no busca clausura, sino circulación. Cada palabra funciona como un pequeño pez luminoso que asciende en la oscuridad, recordando que incluso en las aguas más hondas hay movimiento, hay búsqueda, hay sentido.

Freud decía que en el duelo el yo se empobrece porque el mundo ha perdido significado. Sin embargo, en testimonios como este se vislumbra algo más: la posibilidad de que la pérdida abra una dimensión espiritual y simbólica del amor. Clara muere, pero el hijo continúa elaborando su presencia a través del lenguaje, que se convierte en una forma de abrazo imposible, pero insistente.

El psicoanálisis no enseña a olvidar, sino a darle forma al recuerdo sin quedar petrificado en él. Y Jaramillo, al escribir desde el fondo del mar, logra lo que muchos pacientes buscan en el proceso analítico: una reconciliación con lo que ya no está, pero sigue siendo parte del propio océano interno.

Cuando el hijo se vuelve guardián de la memoria

La muerte de la madre puede marcar el inicio de una nueva tarea psíquica: convertirse en el guardián de lo que ella dejó. No solo objetos o recetas. También gestos, historias, decisiones. Algunos hijos o hijas adoptan ese rol sin darse cuenta. Cuidan su ropa, su olor, sus frases.

Otros sienten el peso de ese legado como una carga. Porque no todas las madres fueron amorosas. Algunas fueron distantes, dañinas, narcisistas, ausentes. En esos casos, el duelo se complica por la imposibilidad de idealizar sin traicionarse.

Desde el psicoanálisis, el trabajo no es juzgar la experiencia, sino darle forma simbólica para poder tramitarla. Escuchar al paciente decir por fin:
—“No la extraño, pero tampoco me deja en paz.”
—“No sé si la amé o si solo me adapté.”
—“Me siento mal por no sentir nada.”

Todo eso es duelo. Todo eso es humano.

Y si el vínculo fue complejo: el duelo ambivalente

No todas las relaciones madre-hijo fueron amorosas o estables. En muchos casos, la madre fue también fuente de dolor, control, negligencia o violencia. En esos contextos, la muerte no elimina el conflicto: lo intensifica. Porque el hijo no solo pierde a la madre real, sino la posibilidad de resolver lo que nunca se resolvió en vida.

Aquí el duelo se tiñe de culpa, alivio, rabia o indiferencia. Y todas son respuestas válidas. No existe “una manera correcta” de llorar a una madre. Lo importante es que pueda nombrarse lo vivido, sin edulcorar ni castigar. El trabajo analítico consiste en crear un espacio donde incluso el amor fallido pueda ser simbolizado.

En Clínica Broa, entendemos que el duelo por la madre toca fibras más antiguas que las palabras. A veces el dolor no es explícito, sino sordo: una especie de corriente subterránea que arrastra sin notarse en la superficie.

Por eso, no apuramos el proceso. Acompañamos con respeto, con escucha, con presencia. En sesiones donde el paciente trae una fotografía, una frase, una pregunta o incluso un silencio cargado. Porque el dolor también se dice sin hablar.

Y si, como Clara, tu madre escribió pero nunca publicó, si cocinaba con canciones o gritaba con miedo, si estuvo o no estuvo, te ayudamos a encontrar un modo propio de hacer lugar a esa ausencia, sin que ella ocupe todo, pero sin negarla del todo.

Fuentes de información

Klein, Melanie. Duelo y manía. En: Escritos 1921-1945, Buenos Aires: Paidós, 1981.

Parkes, Colin Murray. Bereavement: Studies of grief in adult life. Londres: Routledge, 2006.

Worden, J. William. Grief Counseling and Grief Therapy: A Handbook for the Mental Health Practitioner. Nueva York: Springer Publishing Company, 2008.

Lemma, Alessandra. Introduction to the Practice of Psychoanalytic Psychotherapy. West Sussex: Wiley-Blackwell, 2016.

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