Hay algo que empieza a notarse en las pequeñas dinámicas. Personas que abren una herramienta antes de intentar escribir una idea. Estudiantes que prefieren una respuesta ya armada en lugar de atravesar la incomodidad de no saber por dónde empezar. Profesionales que consultan más de lo que elaboran. Estamos ante una forma distinta de relacionarse con el pensamiento.
La inteligencia artificial irrumpe como una presencia que se vuelve habitual. Se consulta, se usa, se incorpora. Y en ese uso cotidiano, casi sin ruido, se van modificando ciertos tiempos internos. La espera se acorta. La duda se reduce. El rodeo pierde lugar. Como si el mar se hubiera vuelto más predecible, y con ello, menos necesario de leer.
El tiempo que antes tenía el pensamiento
Hubo una época —previa a 2024— en la que pensar significaba quedarse un rato en blanco. No como falla, sino como parte del proceso. La idea no aparecía de inmediato. Había que insistir, escribir algo que no convencía, borrar, volver. Ese recorrido tenía algo de deriva: no siempre se sabía hacia dónde se iba, pero en ese no saber empezaban a formarse conexiones.
La investigación sobre creatividad ha mostrado que muchos procesos importantes ocurren fuera del foco consciente, en momentos donde aparentemente no pasa nada. Sio y Ormerod (2009) describen cómo esos intervalos permiten reorganizar información y encontrar soluciones que no aparecen bajo presión directa. Ese tipo de tiempo no desaparece, pero empieza a comprimirse. Cuando hay una respuesta disponible en segundos, el margen para perderse se vuelve más estrecho.
Una escena cada vez más frecuente: alguien formula una idea a medias y enseguida la completa con ayuda externa. El pensamiento no se interrumpe, pero cambia de ritmo. Ya no necesita sostenerse tanto tiempo por sí mismo.
Clark y Chalmers (1998) propusieron que ciertas herramientas pueden integrarse al proceso mental, funcionando como extensiones de la mente. Lo que ocurre ahora tiene un matiz distinto. No solo se apoya el pensamiento: muchas veces se recibe ya estructurado. El trayecto se acorta. Y con él, algo del esfuerzo que antes organizaba la experiencia. Cómo navegar con coordenadas exactas sin haber mirado nunca el cielo.
Hay una cualidad particular en los textos generados o asistidos: la fluidez. Las ideas encajan, las frases se ordenan, todo parece claro. Y esa claridad tiene un efecto curioso. Hace que el contenido resulte más convincente, incluso cuando no ha sido realmente comprendido.
Alter y Oppenheimer (2009) estudiaron este fenómeno: cuanto más fácil resulta procesar una información, mayor es la sensación de que se la entiende. No siempre coincide con una comprensión profunda. La mente reconoce la forma, pero no siempre atraviesa el contenido. Como quien observa la superficie del agua y asume que conoce la profundidad.
En el aprendizaje, cierta dificultad cumple una función importante. Bjork y Bjork (2011) mostraron que cuando el proceso exige esfuerzo —recordar, reconstruir, equivocarse— la información se integra de manera más estable.
Cuando ese esfuerzo desaparece, algo cambia. No necesariamente se pierde la capacidad, pero sí el modo en que se consolida.
Las ideas llegan más rápido. Pero a veces se van con la misma facilidad.
Pensar también cansa
Hay otro aspecto menos visible. Pensar implica un gasto. No solo de tiempo, sino de energía mental. Kurzban et al. (2013) plantean que el esfuerzo cognitivo se experimenta como costoso porque compite con otros procesos internos. Desde ese lugar, recurrir a una herramienta que reduce ese costo no resulta extraño. Tiene sentido. Alivia. Ordena. Resuelve.
El problema aparece en la ausencia progresiva de ese esfuerzo. Cuando la mente deja de enfrentarse a ciertos tramos más exigentes, también deja de ejercitar ciertas formas de elaboración.
A pesar de todo, hay algo que no termina de trasladarse. Las preguntas que no están claras, las ideas que incomodan, los pensamientos que no encuentran forma inmediata. Ahí la herramienta no alcanza del todo. Puede sugerir, ordenar, acompañar. Pero hay un punto donde el trabajo sigue siendo interno. Ese punto, aunque más estrecho, sigue existiendo.
Como esas zonas del mar donde los instrumentos sirven poco y la orientación depende de otra cosa.
Volver a demorarse
Quizá no se trate de dejar de usar estas herramientas, sino de recuperar ciertos momentos donde no están. Espacios donde la idea no llega enseguida. Donde la frase no se arma sola. Donde aparece ese pequeño vacío que incomoda.
Ese lugar, que a veces se evita, sigue siendo fértil.
No tiene la claridad de una respuesta inmediata. No organiza rápido. Pero permite otra cosa: que el pensamiento tome una forma propia, incluso si tarda.
Como quedarse un rato mirando el horizonte sin saber exactamente qué se está buscando.
Y aun así, seguir ahí.
Fuentes de información
Bjork, Robert A., and Elizabeth L. Bjork. “Making Things Hard on Yourself, But in a Good Way: Creating Desirable Difficulties to Enhance Learning.” In Psychology and the Real World, 2011.
Clark, Andy, and David Chalmers. “The Extended Mind.” Analysis 58, no. 1 (1998): 7–19. https://doi.org/10.1093/analys/58.1.7
Sio, Ut Na, and Thomas C. Ormerod. “Does Incubation Enhance Problem Solving? A Meta-Analytic Review.” Psychological Bulletin 135, no. 1 (2009): 94–120. https://doi.org/10.1037/a0014212
Alter, Adam L., and Daniel M. Oppenheimer. “Uniting the Tribes of Fluency to Form a Metacognitive Nation.” Personality and Social Psychology Review 13, no. 3 (2009): 219–235. https://doi.org/10.1177/1088868309341564
Kurzban, Robert, Angela Duckworth, Joseph W. Kable, and Justin Myers. “An Opportunity Cost Model of Subjective Effort and Task Performance.” Behavioral and Brain Sciences 36, no. 6 (2013): 661–79. https://doi.org/10.1017/S0140525X12003196
Carr, Nicholas. The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains. New York: W. W. Norton, 2010.


