La fantasía de reparar a la madre

La fantasía de reparar a la madre puede llevar a muchos adultos a vivir con culpa, sobrecarga emocional y dificultad para priorizar su propia vida.

Hay hijos que crecen con una sensación difícil de nombrar, como si llevaran consigo una tarea antigua que nunca termina de formularse del todo. No es una orden explícita, ni una exigencia directa, y sin embargo organiza decisiones, silencios y formas de estar en el mundo. Se manifiesta en pequeños gestos: estar disponible, no generar conflicto, anticiparse a lo que el otro necesita. Con el tiempo, ese movimiento puede adquirir una forma más definida: la idea de que algo en la madre depende de uno mismo.

No se trata simplemente de amor. Es otra cosa, más insistente, más silenciosa. Como una corriente profunda que empuja siempre en la misma dirección.

El momento en que el niño empieza a mirar el mar de otro

En los primeros años de vida, el niño no distingue con claridad entre su propio estado emocional y el de quien lo cuida. La regulación afectiva es compartida: el adulto calma, nombra, organiza. Pero cuando ese entorno está atravesado por fragilidad, angustia o inestabilidad, el niño no permanece indiferente. Diversos estudios sobre apego y regulación emocional muestran que los niños son altamente sensibles al estado afectivo de sus cuidadores, ajustando su comportamiento para sostener cierto equilibrio relacional (Nuttall et al. 2019).

Ahí ocurre algo decisivo. Sin saberlo, el niño empieza a orientarse no solo por sus propias necesidades, sino por las del otro. Observa, se adapta, modula. En algunos casos, incluso intenta reparar. No como decisión consciente, sino como forma de sostener el vínculo.

Es como si, en lugar de aprender solo a navegar, empezara también a preocuparse por la estabilidad del océano.

Cuando el cuidado se invierte

La literatura clínica ha descrito este fenómeno con un término específico: parentificación. Se refiere a situaciones en las que el hijo asume funciones emocionales o prácticas que corresponden al adulto. Puede ocurrir sin grandes gestos, en formas sutiles de disponibilidad, escucha o contención.

Investigaciones recientes muestran que esta inversión de roles no solo afecta la infancia, sino que deja huellas duraderas en la vida adulta: tendencia a la hiperresponsabilidad emocional, dificultad para establecer límites y una persistente sensación de deuda hacia los otros (Schier et al. 2020; Hooper et al. 2011).

Desde fuera, puede parecer un vínculo fuerte. Desde dentro, muchas veces se vive como una obligación difusa, difícil de cuestionar. El sujeto aprende a existir cuidando. Y cuidar empieza a sentirse como una forma de ser necesario.

En este punto aparece una lógica particular: si el bienestar del otro depende, en parte, de mí, entonces nunca es suficiente. Siempre se puede hacer un poco más. Siempre se puede estar un poco más presente, un poco más disponible, un poco más atento.

Ivan Boszormenyi-Nagy llamó a esto “lealtades invisibles”, vínculos organizados por una sensación de deuda que no proviene de un acuerdo explícito, sino de la historia emocional compartida. El problema es que esta deuda no tiene medida. No hay un momento claro en el que pueda decirse: ya está, está saldada. Porque no se trata de algo cuantificable, sino de una posición subjetiva. Es como intentar estabilizar una marea que no depende de uno.

La promesa de reparación

Muchos hijos, de forma más o menos consciente, sostienen una fantasía: que en algún momento lograrán reparar aquello que en la madre quedó dañado. Que podrán aliviar su tristeza, compensar sus pérdidas o darle algo que nunca tuvo.

Esta fantasía tiene una lógica afectiva comprensible. Pero también contiene una imposibilidad estructural. Las experiencias que marcaron a la madre pertenecen a su propia historia, a tiempos y escenas que el hijo no habitó. No pueden ser modificadas retroactivamente.

La investigación sobre adultos criados por figuras emocionalmente inmaduras muestra que, en estos casos, los hijos suelen desarrollar una fuerte orientación hacia el cuidado del otro, junto con una dificultad para reconocer sus propios límites (Mika et al. 2021).

El intento de reparación, entonces, se vuelve interminable. Porque apunta a algo que no puede cerrarse. Sostener esta posición tiene efectos. No siempre visibles, pero persistentes. Dificultad para tomar decisiones propias sin culpa, sensación de estar fallando cuando se prioriza el deseo personal, relaciones donde se repite el lugar de quien cuida y sostiene.

Algunos estudios muestran que la parentificación está asociada a mayores niveles de ansiedad, sobrecarga emocional y dificultades en las relaciones adultas, especialmente en la capacidad de establecer límites claros (Lecompte y Moss 2014).

Pero más allá de los datos, hay algo que se repite en la experiencia: una especie de cansancio silencioso. Como si la vida estuviera siempre un poco orientada hacia otro lado.

Lo que empieza a cambiar cuando se nombra

En la práctica clínica, este movimiento empieza a modificarse cuando puede ser dicho, cuando el sujeto comienza a escuchar cómo organiza su vida alrededor de esa lógica.

Aparece en frases que se repiten, en elecciones que se postergan, en esa dificultad para separarse sin sentirse culpable. Poco a poco, lo que parecía natural empieza a volverse pensable.

No se trata de juzgar a la madre ni de romper el vínculo. Se trata de reconocer que ese lugar de reparación no es el único posible.

Como si, por primera vez, el sujeto dejara de intentar controlar el océano y empezara a preguntarse hacia dónde quiere ir.

Hay algo que no siempre resulta evidente: no todo lo que recibimos puede devolverse. Y no todo lo que duele puede repararse desde afuera. Aceptar esto implica un cambio en la posición.

El vínculo puede continuar, pero ya no organizado por la deuda ni por la misión de reparar. Puede volverse más liviano, más elegido, menos exigente. Es un movimiento lento. No ocurre de una vez. Se parece más a soltar una carga que se había naturalizado con el tiempo.

Y en ese gesto, a veces aparece algo nuevo: la posibilidad de vivir sin tener que salvar a nadie.

Fuentes de información

Hooper, Lisa M., Devon Doehler, Courtney Wallace, and Jennifer Hannah. “The Parentification Inventory: Development, Validation, and Cross-Validation.” American Journal of Family Therapy 39, no. 3 (2011): 226–41. https://doi.org/10.1080/01926187.2010.531652

Schier, Katarzyna, et al. “The Consequences of Parentification: An Overview of Research and Clinical Implications.” Frontiers in Psychology 11 (2020): 566548. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.566548

Mika, Petra, et al. “Adult Children of Emotionally Immature Parents and Their Psychological Functioning.” Journal of Adult Development 28 (2021): 210–223. https://doi.org/10.1007/s10804-020-09366-6

Nuttall, Anna K., et al. “Intergenerational Transmission of Emotion Dysregulation.” Development and Psychopathology 31, no. 2 (2019): 571–585. https://doi.org/10.1017/S0954579418000543

Lecompte, Vanessa, and Sarah Moss. “Parentification, Emotion Regulation, and Adult Relationships.” Journal of Child and Family Studies 23 (2014): 1239–1248. https://doi.org/10.1007/s10826-013-9767-9

Boszormenyi-Nagy, Ivan, and Geraldine M. Spark. Invisible Loyalties: Reciprocity in Intergenerational Family Therapy. New York: Harper & Row, 1973.

¡Compártelo en tus redes!

Facebook
WhatsApp
Email

Quizá te puedan intersar éstas investigaciones:

¿Te has preguntado por qué ciertas películas te marcan de forma tan personal? El cine activa procesos inconscientes como la transferencia, conectando con nuestros afectos más profundos.

El cine como espejo líquido

¿Te has preguntado por qué ciertas películas te marcan de forma tan personal? El cine activa procesos inconscientes como la transferencia, conectando con nuestros afectos más profundos.

Leer más »

Suscríbete para recibir las últimas actualizaciones

Subscription Form

Con el propósito de resolver todas tus dudas y darte la atención que mereces, te proporcionamos los siguientes canales de comunicación:

Llámanos al +52 55 7558 5944

Enviar un mensaje por WhatsApp

    Eugenia 13 Oficina 503 quinto piso, Nápoles, 03810 Ciudad de México, CDMX

    Obtener dirección

    [bookly-form category_id=»2″ hide=»categories,date,week_days,time_range»]

    Utilizamos cookies para mejorar tu experiencia. Al continuar, aceptas nuestra Política de Privacidad y el uso de cookies.

    ;