En medicina, las hemorroides son una inflamación de las venas en el recto y el ano, generalmente asociada con esfuerzo al defecar, estreñimiento, sedentarismo o embarazo. Sin embargo, hay casos clínicos en los que, a pesar de cambios en la dieta, el ejercicio y los tratamientos farmacológicos, las molestias persisten o regresan. Esto invita a explorar otra dimensión: la posibilidad de que el síntoma físico sea también una expresión psíquica.
Desde el enfoque psicosomático, la somatización no es una invención del cuerpo, sino una defensa del yo. Cuando algo no puede ser tramitado simbólicamente —por el lenguaje, el pensamiento o el afecto— se encarna. Aparece entonces un dolor, una tensión, una fuga del sentido hacia lo somático. En el caso de las hemorroides, esta “salida” se manifiesta en una zona íntima, liminal y cargada de simbolismo: el ano.
Como explica Lipowski (1988), la somatización puede entenderse como un mecanismo mediante el cual el cuerpo actúa como un “escenario de representación emocional”, especialmente en personas que han aprendido a silenciar sus conflictos o que no cuentan con recursos psíquicos para elaborarlos verbalmente.
Territorio de control y represión
El área anal es una de las primeras zonas erógenas donde se juega el poder entre el niño y la autoridad. Durante el control de esfínteres, los niños comienzan a experimentar la tensión entre el deseo de complacer y la necesidad de afirmar su voluntad. Freud (1905) observó que este momento marca el inicio de la organización anal del carácter, que puede traducirse en adultez en actitudes como perfeccionismo, rigidez, retención emocional y miedo a “perder el control”.
En este contexto, las hemorroides pueden simbolizar la carga emocional no evacuada, el enojo no expresado, la culpa no asumida, el exceso de control en la vida cotidiana. No es que cada persona con hemorroides padezca estos conflictos, pero sí es posible que, en algunos casos, el síntoma funcione como un ancla inconsciente que apunta hacia algo no procesado.
Las enfermedades del recto, especialmente aquellas que generan vergüenza o incomodidad para hablar, pueden estar ligadas a lo que Melanie Klein llamaba “fantasías inconscientes de expulsión y destrucción”. En esta perspectiva, el síntoma no es castigo, sino acto de simbolización fallida, una tentativa del inconsciente por procesar lo que no puede representarse.
Imaginemos el aparato psíquico como un velero que avanza con el viento de los pensamientos conscientes, pero cuya estabilidad depende de lo que ocurre bajo la línea de flotación. Cuando los conflictos emocionales no son reconocidos o nombrados, comienzan a acumularse como carga en la bodega. Poco a poco, el equilibrio se ve afectado. Y es en ese momento cuando el cuerpo comienza a “filtrar” el peso emocional, como una grieta que anuncia que algo se está desbordando.
El síntoma aparece entonces como una boya roja en la superficie, marcando la presencia de un obstáculo sumergido. En este caso, las hemorroides no serían solo inflamación venosa, sino una señal corporal de que algo está retenido en exceso, un dolor callado que el lenguaje ha dejado de procesar y que el cuerpo intenta exponer.
Este planteamiento no niega la realidad médica ni el sufrimiento físico. Al contrario, amplía la comprensión del síntoma: no solo se trata de qué lo provoca, sino también de qué lo sostiene.
¿Y si no es solo físico?: exploración científica y emocional
En un estudio internacional liderado por Gureje et al. (1997), se demostró que existe una asociación significativa entre síntomas físicos inexplicables y trastornos afectivos, como ansiedad generalizada, trastorno de pánico y depresión. Esto refuerza la idea de que muchos síntomas crónicos —en especial aquellos que afectan zonas íntimas— pueden funcionar como formas de expresión emocional indirecta.
Asimismo, estudios en neurociencia (Kirmayer & Looper, 2006) han demostrado que las emociones no expresadas pueden alterar el sistema nervioso autónomo, lo que influye directamente en la vascularización y en la regulación de procesos digestivos. La región anal, densamente inervada y vascularizada, puede ser especialmente sensible a la tensión emocional sostenida.
En algunos casos clínicos se ha observado que el inicio o agravamiento de hemorroides coincide con etapas de alto estrés, duelos no elaborados o conflictos familiares intensos. El cuerpo actúa como caja de resonancia del inconsciente. No siempre “sabe” por qué duele, pero muestra dónde.
La salud mental y la salud física no son compartimentos estancos. El cuerpo no miente, pero tampoco habla en un idioma directo. En Clínica Broa ofrecemos un espacio donde el síntoma puede ser escuchado sin reduccionismos, como un mensaje cifrado que merece ser interpretado con tiempo, cuidado y profundidad.
Así como un arrecife invisible puede rasgar el casco de una embarcación desprevenida, las emociones no expresadas pueden manifestarse donde menos esperamos. A veces, la respuesta no está solo en los antiinflamatorios o en los cambios de dieta, sino en abrir el espacio psíquico para que lo que duele se diga antes de que el cuerpo tenga que gritarlo.
Fuentes de información
Freud, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual. Obras completas, vol. 7. Buenos Aires: Amorrortu, 1976.
Gureje, Oye, et al. “Persistent pain and well-being: A World Health Organization Study in Primary Care.” JAMA 280, no. 2 (1998): 147–151. https://doi.org/10.1001/jama.280.2.147
Lipowski, Z. J. “Somatization: the concept and its clinical application.” American Journal of Psychiatry 145, no. 11 (1988): 1358–1368. https://doi.org/10.1176/ajp.145.11.1358
Kirmayer, Laurence J., and Karl J. Looper. “Abnormal illness behaviour: physiological, psychological and social dimensions of somatization.” Social Science & Medicine 64, no. 2 (2007): 223–237. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2006.08.029

