Los primeros meses de vida de un ser humano son una etapa de extrema vulnerabilidad. Desde una perspectiva biológica, el recién nacido depende completamente de sus cuidadores para sobrevivir. Como un arrecife de coral en formación, su estructura vital se encuentra en desarrollo y cualquier alteración del entorno puede afectarlo gravemente. Para los padres, esta fragilidad no solo despierta un instinto de protección, sino también una posibilidad constante de angustia. Cuando un bebé se enferma, incluso con un cuadro clínico menor, los adultos responsables atraviesan un proceso emocional complejo, lleno de incertidumbre, miedo e impotencia.
Esta situación no se vive solo como una experiencia médica, sino como una prueba emocional y existencial que impacta profundamente en la salud mental de los cuidadores.
La tormenta interior
Desde la psicología clínica se ha documentado ampliamente que la enfermedad infantil, incluso en su forma leve, genera en los padres una serie de respuestas emocionales intensas. La literatura científica señala un aumento considerable de la ansiedad, del estrés agudo y de síntomas depresivos en madres y padres cuyos hijos se encuentran enfermos o hospitalizados (Shudy et al., 2006). Este fenómeno es conocido como estrés parental agudo.
Los síntomas más frecuentes incluyen:
- hiperalerta constante ante señales del bebé
- sensación de culpa o de haber fallado como cuidadores
- pensamientos catastrofistas sobre el futuro
- irritabilidad o bloqueos afectivos
- trastornos del sueño (insomnio o sueño interrumpido)
El cuerpo y la mente del adulto entran en un estado de hiperactivación del sistema nervioso simpático, como si se tratara de una amenaza real e inmediata. El cortisol —la hormona del estrés— se eleva, afectando no solo el bienestar del cuidador, sino también la calidad del vínculo con el bebé.
En esta etapa, es común que los padres desarrollen un estado que la neuropsicología llama hipervigilancia emocional. Este estado los lleva a estar permanentemente atentos al más mínimo cambio en la respiración, temperatura o llanto del bebé, lo que puede derivar en un agotamiento físico y emocional profundo.
La angustia como experiencia existencial
La filosofía existencial ha explorado profundamente la vivencia del sufrimiento humano ante lo desconocido. Para Søren Kierkegaard, la angustia es una categoría fundamental de la existencia. No es simplemente miedo ante algo concreto, sino una respuesta ante la posibilidad misma del cambio, la pérdida o el sinsentido. En El concepto de la angustia (1844), el filósofo danés señala que la angustia es como “el vértigo de la libertad”, la sensación de mirar hacia el abismo de las múltiples posibilidades de lo que podría salir mal.
Cuando un hijo enferma, el padre o la madre se enfrentan con ese abismo. La enfermedad del bebé activa el temor primario a la muerte, al fracaso, a la culpa. Heidegger también lo explica en Ser y tiempo (1927), cuando describe al ser humano como un “ser arrojado” al mundo: no hemos elegido estar aquí, y sin embargo debemos enfrentarnos con la tarea de cuidar, sostener y resistir.
La enfermedad del hijo, entonces, se convierte en un espejo donde los padres confrontan su propia finitud, sus límites y su desesperación. No se trata solo de un virus o una fiebre: se trata de una vivencia total que sacude las raíces más profundas del ser.
En biología marina, cuando la temperatura del agua se eleva apenas unos grados, los corales expulsan las algas simbióticas que les dan vida, produciendo el fenómeno conocido como blanqueamiento de coral. De manera similar, cuando algo altera el delicado equilibrio inmunológico o metabólico del bebé, su cuerpo responde con fiebre, llanto, rechazo al alimento, etc.
Los padres, al igual que biólogos en un arrecife amenazado, deben actuar con extrema cautela. La sobreestimulación emocional o la desregulación de su propio sistema nervioso puede intensificar la angustia en el entorno. Así como un océano contaminado puede afectar a todos los organismos que lo habitan, un entorno emocionalmente saturado influye en la recuperación del bebé.
Estudios en neurociencia afectiva han demostrado que la regulación emocional de los cuidadores influye directamente en la regulación fisiológica del lactante, especialmente en lo que respecta a su ritmo cardíaco, nivel de cortisol y sistema inmunológico (Feldman, 2007). Esto se conoce como coregulación.
Sostener al cuidador
Una de las claves para atravesar estas etapas difíciles está en sostener emocionalmente al que sostiene. Muchas veces, la atención médica se centra exclusivamente en el bebé, dejando de lado el estado emocional de los padres. Sin embargo, como indica la evidencia, un cuidador emocionalmente agotado tiene menos capacidad para responder de forma sensible a las necesidades del infante (Gartstein & Fagot, 2003).
El apoyo puede venir en diferentes formas:
- redes de apoyo familiares
- psicoterapia breve o acompañamiento emocional
- grupos de madres y padres
- tiempos de descanso programados
- acompañamiento espiritual o filosófico
Los padres no necesitan ser perfectos, sino suficientemente presentes. Y para poder estar presentes, deben cuidar también de sí mismos.
Fuentes de información
Decety, J., & Jackson, P. L. (2004). The functional architecture of human empathy. Behavioral and Cognitive Neuroscience Reviews, 3(2), 71–100.
Feldman, R. (2007). Parent-infant synchrony: Biological foundations and developmental outcomes. Current Directions in Psychological Science, 16(6), 340–345.
Gartstein, M. A., & Fagot, B. I. (2003). Parental depression, parenting, and family environment in early childhood. Journal of Pediatric Psychology, 28(3), 213–221.
Shudy, M., de Almeida, M. L., Ly, S., Landon, C., Groft, S., Jenkins, T. L., & Nicholson, C. E. (2006). Impact of pediatric critical illness and injury on families: A systematic literature review. Pediatrics, 118(Supplement_3), S203–S218.


