Una isla en ruinas o el compromiso inconsciente con la identidad de víctima

A veces, el dolor se convierte en un lugar donde el sujeto se queda a vivir. El compromiso inconsciente con la identidad de víctima puede cristalizar el sufrimiento e impedir la transformación.

Hay quienes viven en el corazón de una tormenta que ya pasó. Se refugiaron en la isla de la herida, y aunque las aguas ya se calmaron, no desmontaron el campamento. La experiencia del daño se vuelve un lugar habitable, una identidad que, sin quererlo, da estructura, da sentido, da nombre. Como barcos encallados que ya no buscan zarpar, algunos sujetos se aferran a la condición de víctima como forma de estar en el mundo.

En el discurso clínico, no es raro encontrar relatos que giran una y otra vez sobre un evento doloroso: la traición, el abandono, la humillación. La escena se repite, se resignifica, pero no se elabora. Desde el psicoanálisis, esto indica un compromiso inconsciente con una posición subjetiva que otorga ciertos beneficios: exención de responsabilidad, compasión externa, claridad moral frente al daño. Pero también encierra al sujeto en una narrativa cerrada, donde solo hay lugar para el dolor, nunca para el deseo.

Klein y la fijación en el objeto persecutorio

Melanie Klein introdujo la idea de que, en ciertos estados psíquicos, el sujeto puede quedarse fijado al “objeto malo”, es decir, a la figura que ha dañado o frustrado. Esta fijación no siempre ocurre por masoquismo, sino porque, paradójicamente, ese objeto negativo es lo único que da coherencia a la experiencia emocional. El odio, la herida, el dolor, se vuelven brújulas internas. Y abandonar esa brújula da vértigo.

Desde esta perspectiva, el compromiso con la identidad de víctima puede ser un intento fallido de reparar un yo fracturado. Si no puedo dejar de sufrir, al menos puedo darle sentido a mi sufrimiento. Si no puedo transformar el pasado, al menos puedo hacer del pasado mi lugar.

El riesgo de cristalizar el dolor

El problema no es la herida, sino su fosilización. Como corales muertos que forman arrecifes duros, algunas heridas antiguas se calcifican y terminan estructurando el carácter. El sujeto deja de ser alguien que fue dañado y se convierte en “el que sufre”, “el que no puede”, “el que no fue querido”. La historia del trauma se vuelve un guion que inhibe nuevas escenas.

Estudios recientes en psicología clínica (McNally et al., 2003) muestran que, si bien el relato de victimización puede ser útil para procesar un trauma, su cronificación se asocia con mayor riesgo de ansiedad, depresión y dificultades vinculares. Es decir: repetir la historia no siempre cura. A veces, mantiene la herida abierta.

No se trata de negar el dolor, sino de no vivir en él

Deshacer ese compromiso con la identidad de víctima no significa negar que hubo un daño real. Significa permitirse ser algo más que el daño recibido. Implica reconocer que el sufrimiento merece lugar, pero no todo el escenario.

En Clínica Broa, escuchamos con respeto las historias de trauma, pero también acompañamos el proceso de reconstruir el deseo, más allá de lo que dolió. Lo clínico no es empujar al paciente al olvido, sino ayudarle a soltar la narrativa que lo inmoviliza. Porque a veces, lo más difícil no es lo que pasó, sino lo que nos contamos una y otra vez sobre eso.

Fuentes de información:

Klein, Melanie. Envidia y gratitud y otros escritos (1946–1963). Buenos Aires: Paidós, 1991.

McNally, Richard J., et al. “Cognitive Biases in Emotional Disorders: Information Processing and Cognitive Neuroscience.” Psychological Bulletin 129, no. 5 (2003): 740–768.
https://doi.org/10.1037/0033-2909.129.5.740

Janoff-Bulman, Ronnie. Shattered Assumptions: Towards a New Psychology of Trauma. New York: Free Press, 1992.

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