Durante siglos, la imagen del padre ha estado marcada por la distancia emocional, el deber proveedor y la autoridad. Sin embargo, en los últimos años, ha emergido una transformación profunda: hombres que desean estar emocionalmente presentes, no solo físicamente disponibles. Esta nueva forma de paternidad no implica perfección, sino presencia emocional, sintonía afectiva y una disponibilidad consciente para acompañar a los hijos desde la ternura, la empatía y el cuidado activo.
Hablar de “paternidad emocionalmente presente” no es solo nombrar una tendencia, sino visibilizar una necesidad social, psicológica y humana: la de construir vínculos más seguros, más sensibles y más verdaderos.
¿Qué significa ser un padre emocionalmente presente?
Ser un padre emocionalmente presente no es simplemente “pasar tiempo con los hijos”. Implica una serie de habilidades afectivas y relacionales que se desarrollan a lo largo del tiempo:
- Sintonizar con el mundo emocional del hijo o hija, sin juzgarlo ni minimizarlo.
- Mostrar vulnerabilidad y apertura emocional como forma de enseñanza afectiva.
- Estar disponible no solo en los grandes eventos, sino en los momentos cotidianos.
- Validar las emociones en lugar de corregirlas automáticamente.
- Escuchar con atención plena, sin apurarse a dar soluciones.
Desde la psicología del desarrollo, se sabe que la figura paterna emocionalmente implicada favorece la regulación emocional, la autoestima y la autonomía en la infancia (Lamb, 2010). No es una paternidad “auxiliar”, sino esencial.
¿Por qué el padre importa?
Según la teoría del apego de John Bowlby, los vínculos tempranos no solo moldean el mundo emocional del niño, sino también su forma de vincularse en la vida adulta. Aunque históricamente se estudió más el apego materno, las investigaciones actuales muestran que el vínculo con la figura paterna tiene un impacto igual de significativo, tanto en el desarrollo cognitivo como emocional (Grossmann et al., 2002).
Un padre emocionalmente conectado puede:
- potenciar el lenguaje emocional del niño
- ofrecer un modelo de regulación afectiva saludable
- proporcionar seguridad frente al entorno
- servir como espejo emocional en momentos de frustración o miedo
Esto es especialmente relevante en contextos donde la figura paterna históricamente estuvo ausente o fue emocionalmente inaccesible. Romper ese ciclo no es solo un acto de paternidad consciente, sino también de sanación intergeneracional.
Muchos hombres desean ser padres presentes, pero no fueron educados para conectar emocionalmente. Se les enseñó a suprimir la tristeza, a no mostrar miedo, a no llorar. En este sentido, ejercer una paternidad emocional es también un acto de valentía que desafía modelos culturales rígidos.
Los principales obstáculos que enfrentan los padres incluyen:
- la idea de que “ser sensible es ser débil”
- la falta de referentes de paternidad afectiva en su historia personal
- una cultura laboral que no favorece la conciliación ni el permiso para cuidar
- el miedo a “hacerlo mal” al expresar emociones
Ejercicios para cultivar la presencia emocional
Ser un padre emocionalmente presente no se trata de tener todas las respuestas, sino de abrirse al encuentro. A continuación, algunas prácticas sencillas para empezar:
1. Mirar con atención
Hacer contacto visual durante el juego o la conversación, sin pantallas ni distracciones.
2. Nombrar emociones
Decir en voz alta cómo te sientes tú (“Hoy estoy cansado, pero me alegra estar contigo”) y validar lo que siente el niño (“Parece que estás triste porque se rompió tu juguete”).
3. Rituales afectivos
Crear rutinas simples pero significativas: una canción al dormir, un paseo semanal, un cuento compartido.
4. Reparar con humildad
Pedir perdón si se reacciona con enojo o distancia. Los hijos no necesitan padres perfectos, sino padres que se responsabilicen emocionalmente.
5. Cuidar el propio mundo emocional
Un padre que cuida su salud mental y busca apoyo emocional cuando lo necesita, está cuidando también a su hijo.
La paternidad emocionalmente presente no es una moda, sino una transformación cultural y afectiva de enorme valor. No es fácil: requiere trabajo personal, revisión de creencias, y a veces romper con modelos familiares heredados. Pero el resultado es profundo.
Un padre que acompaña desde la emoción enseña a vivir con sensibilidad, a amar sin miedo, y a construir relaciones basadas en el respeto mutuo. Esa es una herencia que no caduca.
Fuentes de información
Lamb, M. E. (2010). The Role of the Father in Child Development. Wiley.
Grossmann, K., Grossmann, K. E., Fremmer-Bombik, E., Kindler, H., Scheuerer-Englisch, H., & Zimmermann, P. (2002). The uniqueness of the child-father attachment relationship: Fathers’ sensitive and challenging play as a pivotal variable in a 16-year longitudinal study. Social Development, 11(3), 301–337.
Bowlby, J. (1988). Una base segura. Paidós.
Winnicott, D. W. (1965). The Maturational Processes and the Facilitating Environment. Hogarth Press.


