Rabietas, autorregulación y neurociencia afectiva

Las rabietas forman parte del desarrollo emocional infantil. Desde la neurociencia afectiva y las ideas de Jaak Panksepp, se explica por qué ocurren, cómo se construye la autorregulación y qué aportan los enfoques parentales actuales.

Las rabietas forman parte del paisaje emocional de la infancia. Para muchos adultos representan caos, frustración o descontrol. Sin embargo, desde la neurociencia afectiva, estas explosiones no expresan mala conducta, sino el funcionamiento real de un cerebro que todavía construye su arquitectura emocional.

Jaak Panksepp, uno de los padres de la neurociencia afectiva, propuso que los seres humanos poseen sistemas emocionales primarios con raíces profundas en la evolución. En la infancia, estos sistemas operan con fuerza y buscan orientación, contención y significado dentro del vínculo con los adultos.

Comprender las rabietas desde esta perspectiva permite ver al niño ya no como un mar agitado que “debería calmarse”, sino como una pequeña criatura oceánica que aprende a navegar corrientes internas demasiado intensas para su edad.

El cerebro infantil

Las infancias todavía desarrolla las conexiones entre la corteza prefrontal —sede del control inhibitorio y la planificación— y los sistemas emocionales más antiguos que describió Panksepp: el sistema de miedo, el de ira, el de búsqueda, entre otros.

Cuando ocurre una rabieta, el niño queda atrapado en una ola emocional que supera su capacidad de autorregulación. No puede detener la marea porque aún no formó plenamente las redes neuronales que permiten modular impulsos.

Podemos imaginar este proceso como una bahía poco profunda que recibe una tormenta repentina. La fuerza del oleaje no depende de la intención del mar, sino de su propia naturaleza.

Panksepp defendía que cada emoción primaria cumple una función de supervivencia. En el caso de la ira y la frustración, el objetivo consiste en movilizar al organismo ante impedimentos o barreras. Un niño que explota en llanto y gritos no busca manipular a nadie. Su sistema emocional intenta responder a un obstáculo que todavía no interpreta con perspectiva.

Según esta teoría, las rabietas reflejan:

  1. Activación del sistema RAGE
    La emoción se dispara cuando el niño percibe una injusticia, una imposibilidad o una pérdida de control.
  2. Escasa intervención del sistema de calma y apego (CARE)
    Este sistema aún necesita apoyo externo para activarse. El niño no puede generarlo solo.
  3. Falta de integración con la corteza prefrontal
    La regulación emocional surge de la conexión entre emoción y reflexión, algo que se fortalece con el tiempo y la experiencia.

Panksepp subrayaba que el desarrollo emocional sano depende de la interacción afectiva, no de la represión. El niño aprende a regularse cuando un adulto ofrece un modelo de regulación, no cuando exige control que el niño no puede ejercer todavía.

Del castigo al acompañamiento

Las corrientes parentales actuales se alejan de los métodos estrictamente conductistas que interpretan la rabieta como una conducta a extinguir. Hoy se comprende que el niño necesita un acompañamiento que facilite la integración entre emoción y pensamiento.

El adulto actúa como un faro costero: ilumina, orienta y permanece firme mientras el oleaje interno del niño recupera estabilidad. Este acompañamiento no equivale a ceder ante toda demanda, sino a ofrecer presencia coherente. El adulto establece límites con calma y sostiene la emoción del niño sin negarla.

Varios estudios actuales destacan que los niños expuestos a modelos parentales sensibles desarrollan mejor autorregulación, mayor vocabulario emocional y menos dificultades conductuales. Estas observaciones coinciden con las intuiciones de Panksepp sobre la importancia del sistema CARE como base del bienestar afectivo.

Fuentes de información

  • Panksepp, J. (1998). Affective Neuroscience: The Foundations of Human and Animal Emotions. Oxford University Press.
  • Schore, A. N. (2015). Affect Regulation and the Origin of the Self. Routledge.
  • Thompson, R. A. (2011). Emotion and Emotion Regulation: Two Sides of the Developing Coin. Emotion Review, 3(1), 53–61.
  • Feldman, R. (2012). Parent–Infant Synchrony and the Construction of Shared Timing. Neuron, 73(1), 119–135.
  • Cole, P. M., Martin, S. E., y Dennis, T. A. (2004). Emotion Regulation in Childhood. Child Development, 75(2), 317–333.

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