Entre los 12 y los 24 meses, algo se remueve en la vida emocional de niñas y niños. Si el primer año fue como una marea que trajo calor, apego y contacto piel con piel, el segundo es la orilla donde comienzan a dar sus primeros pasos hacia la autonomía.
Pero no hay que confundirse: caminar no significa separarse por completo. Es, más bien, un modo nuevo de buscar a quien cuida. Se alejan para saber si pueden volver. Lanzan objetos para ver si serán recogidos. Lloran con fuerza para comprobar si su llanto aún convoca brazos conocidos. Es un oleaje emocional intenso, hecho de exploración y miedo, de deseo y frustración.
Como describe Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista, esta es la etapa en que “el niño empieza a descubrir que la madre no es una extensión de sí mismo, sino un otro con sus propios tiempos y límites”. Y ese descubrimiento puede ser tan inquietante como liberador.
El “no” como brújula
Entre los 12 y los 24 meses, la palabra “no” se vuelve central: no quieren la comida, no quieren dormir, no quieren soltar el objeto que acaban de tomar. Desde una visión superficial, esto parece terquedad. Pero en realidad, ese “no” es una forma primitiva de autodeterminación. Decir “no” es el primer gesto simbólico con el que el niño afirma: yo también soy alguien.
Negarse, entonces, no es desobedecer; es ensayar límites. Como un pequeño navegante que quiere mover el timón, aún sin saber leer el mapa. Aquí la función del adulto no es anular ese impulso, sino ayudarle a navegarlo sin zozobrar.
La contención emocional —más que el castigo— permite que ese deseo de autonomía no derive en angustia, ni en caos, sino en confianza.
Expresión corporal
Entre 1 y 2 años, el cuerpo es el idioma principal. Aún no hay palabras para todo lo que se siente, pero el cuerpo lo dice todo: tiran, muerden, huyen, se abrazan con fuerza. La boca no solo come; también explora, se defiende, se expresa.
Melanie Klein describió este periodo como el inicio de la posición depresiva: cuando el bebé comienza a percibir que la madre no es solo buena o mala, sino ambas cosas a la vez. Esa ambivalencia —amar y odiar al mismo tiempo— se expresa en los gestos corporales extremos, en los momentos de ternura súbita que siguen a los estallidos de enojo.
En estos meses, la contención no significa detener el movimiento, sino sostener el proceso emocional sin anularlo. Ser el ancla mientras la tormenta pasa. Nombrar con suavidad lo que no se puede decir con palabras: “te frustraste”, “te enojaste”, “yo te cuido”.
Los adultos muchas veces esperamos que el desarrollo sea recto, como una línea de puerto a puerto. Pero el psiquismo infantil se mueve como una corriente circular. Hay avances y regresos, logros que emocionan y retrocesos que desconciertan. Un niño que dormía bien de pronto se despierta. Una niña que parecía independiente vuelve a necesitar brazos.
No es regresión: es reordenamiento interno. Cada nuevo logro (caminar, hablar, decidir) genera entusiasmo, pero también angustia por lo desconocido. Por eso, en cada paso hacia fuera, también hay una necesidad de volver hacia dentro.
Como en el mar, lo importante no es el rumbo perfecto, sino la constancia del faro. Saber que hay una mirada, un cuerpo, una voz que permanece aunque cambien las olas.
¿Qué necesitan de nosotros?
En esta etapa, el cuidado más valioso no siempre es el más evidente. Más allá de lo nutricional, del control de esfínteres o del lenguaje, lo que más nutre es el modo de estar.
- Estar sin invadir.
- Acompañar sin corregir todo el tiempo.
- Nombrar sin forzar.
- Sostener sin apurar.
Este es un momento para cultivar el vínculo más que el rendimiento. Lo que se grabe ahora en el cuerpo, en la piel, en los gestos cotidianos, formará parte de la brújula emocional con la que navegarán el resto de la vida.
En Clínica Broa sabemos que criar es también una experiencia emocional para quien cuida. Que no hay respuestas simples ni recetas universales. Por eso, desde el acompañamiento psicológico temprano, ofrecemos espacios para que madres, padres y cuidadores puedan pensar la crianza, escuchar sus propias preguntas y resignificar sus modos de acompañar.
Porque nadie puede cuidar del otro si no es también cuidado. Y porque cada infancia —como cada mar— necesita su propio mapa.
Fuentes de información
Winnicott, D.W. (1960). La preocupación materna primaria. En: Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Buenos Aires: Paidós.
Klein, Melanie. (1940). La situación del niño pequeño en el desarrollo emocional normal y en la esquizofrenia. En: Escritos 1921-1945. Buenos Aires: Paidós.
Brazelton, T. Berry y Stanley I. Greenspan. (2001). El punto de vista del niño. Barcelona: Paidós.
Lieberman, Alicia F. (2011). The Emotional Life of the Toddler. New York: Simon & Schuster.


