Hablar con el cuerpo: baile, movimiento y salud mental

El cuerpo también piensa, siente y recuerda. El baile y el movimiento son herramientas terapéuticas fundamentales para conectar con nuestras emociones.

Hablar con el cuerpo: baile, movimiento y salud mental

Antes de que pudiéramos hablar, ya nos movíamos. La pulsación rítmica del corazón materno, la danza del líquido amniótico, el balanceo de los brazos que nos arrullaron: la vida empezó con un vaivén, no con una palabra. El cuerpo, entonces, guarda una memoria anterior al lenguaje. Una memoria que no se olvida, aunque se silencie.

Bailar, en este sentido, no es solo arte ni deporte. Es un retorno a ese territorio donde el cuerpo se siente y se reconoce como habitado. Es el acceso a una forma de expresión que trasciende lo racional, una suerte de marea que sube desde el inconsciente y encuentra en el movimiento un cauce legítimo.

Baile y salud mental: lo que dice la ciencia

Diversos estudios han demostrado que el movimiento corporal y el baile tienen un impacto directo y positivo en la salud mental. En una revisión sistemática publicada en Frontiers in Psychology (2019), Koch et al. encontraron que la danza-movimiento terapia reduce significativamente los síntomas de depresión y ansiedad, mejora la autoestima y fortalece la conexión mente-cuerpo.

Otra investigación del American Journal of Dance Therapy (2020) mostró que bailar en grupo tiene efectos similares a la meditación: regula la respiración, disminuye el cortisol (la hormona del estrés) y aumenta la secreción de serotonina y dopamina, neurotransmisores asociados al bienestar.

Esto se debe, en parte, a que el baile combina varios elementos terapéuticos en simultáneo: ritmo, contacto social, sincronía, liberación emocional, conciencia corporal y juego. En otras palabras: bailar es una terapia multisensorial en sí misma.

“Cuando bailamos con otros, nuestros cerebros se sincronizan. Las zonas de recompensa se activan y el cuerpo comienza a segregar endorfinas”, explica la neurocientífica Kelly McGonigal (Stanford University).

El cuerpo como texto

Desde el psicoanálisis contemporáneo, especialmente desde corrientes como la psicología somática y el análisis relacional, se reconoce que el cuerpo no es solo el lugar donde se manifiestan los síntomas, sino también el escenario donde se inscriben los afectos y los traumas.

Wilhelm Reich, discípulo disidente de Freud, sostenía que el cuerpo es el archivo viviente del inconsciente. Para él, las tensiones musculares crónicas —lo que llamó “corazas”— eran expresiones somáticas de bloqueos emocionales no resueltos. Romper esas corazas no era solo un trabajo verbal, sino físico: necesitaba moverse, respirar, vibrar.

Más adelante, Donald Winnicott habló de la importancia del juego y del gesto espontáneo. “Solo en el juego —decía— puede el individuo ser creativo.” Y el baile es, sin duda, una de las formas más antiguas y universales de jugar con el cuerpo.

Desde esta perspectiva, el movimiento no es solo descarga: es símbolo. Cada paso, cada giro, cada sacudida puede representar —sin que lo sepamos— un vínculo, una pérdida, una reparación, un grito.

Cuerpo reprimido, emoción no dicha

Vivimos en una cultura que sobredimensiona la razón y subestima el cuerpo. Nos enseñan a controlar, a sostener la compostura, a contener el llanto, a “no moverse tanto”. El resultado: emociones encapsuladas, gestos congelados, cuerpos desconectados de sí mismos.

En este escenario, el baile emerge como una rebelión amorosa. Una forma de reconquistar el cuerpo como territorio expresivo. No importa si se baila bien o mal. Importa que el cuerpo recupere su derecho a moverse con autenticidad.

Cuando una persona que ha estado deprimida por meses comienza a bailar, aunque sea sola en su casa, algo se reorganiza. Como un pez que vuelve a encontrar una corriente que lo sostiene. El cuerpo, al moverse, recuerda que está vivo.

Baile y duelo: una coreografía con la ausencia

Bailar también puede ser un ritual de despedida. En muchas culturas, el movimiento no se separa del duelo. Se baila para despedir al muerto, para resistir el dolor, para dar forma al vacío. En el psicoanálisis, decimos que la simbolización es lo que permite transformar la pérdida en presencia interna. Bailar puede ser parte de ese proceso.

En sesiones de arteterapia o movimiento corporal en Clínica Broa, muchos pacientes descubren que sus pasos también son palabras, que sus temblores también son llantos, que sus vueltas también son huidas. Y que pueden moverse, incluso con el miedo a cuestas.

No se trata de bailar por bailar, ni de llenar el silencio con música. Se trata de que, allí donde la palabra no alcanza, el cuerpo tenga permiso de decir. Como en los océanos donde las criaturas se comunican sin voz, pero no por eso sin sentido, el movimiento es también lenguaje.

Fuentes de información

Koch, Sabine C., et al. “Effects of Dance Movement Therapy and Dance on Health-Related Psychological Outcomes: A Meta-Analysis.” Frontiers in Psychology 10 (2019): 1806. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2019.01806

Pylvänäinen, Päivi M., Muotka, Joona S., and Lappalainen, Raimo. “A dance movement therapy group for depressed adult patients in a psychiatric outpatient clinic: Effects of the treatment.” Frontiers in Psychology 6 (2015): 980. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2015.00980

McGonigal, Kelly. The Joy of Movement: How Exercise Helps Us Find Happiness, Hope, Connection, and Courage. New York: Avery, 2019.

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