Hay hombres que no dicen “estoy triste”. Dicen “estoy cansado”, “estoy harto”, “me molesta todo”. No porque oculten deliberadamente lo que sienten, sino porque muchas veces no saben ponerle nombre. La depresión masculina rara vez se presenta como llanto visible o abatimiento declarado. Aparece, más bien, como una marea interna que se expresa a través de la irritabilidad, el silencio, el aislamiento o una necesidad constante de mantenerse ocupados.
La investigación en psicología clínica ha mostrado de forma consistente que los hombres presentan mayores dificultades para identificar y verbalizar emociones, fenómeno conocido como alexitimia, que se asocia con mayor riesgo de depresión no reconocida, abuso de sustancias y conductas autodestructivas (Taylor, Bagby y Parker, 1997; Preece et al., 2020). No se trata de una incapacidad innata, sino de un aprendizaje emocional moldeado por normas culturales que premiaron el control, la dureza y la autosuficiencia.
Esta dificultad se parece a un océano sin cartas de navegación: la emoción existe, la corriente empuja, pero no hay lenguaje para orientarse.
Los estudios muestran que, mientras las mujeres tienden a reportar tristeza, culpa o vacío, los hombres deprimidos presentan con mayor frecuencia síntomas externos: irritabilidad, impulsividad, fatiga persistente, somatizaciones y una sensación difusa de descontento (Martin et al., 2013). Este patrón explica por qué muchos hombres no se reconocen en los relatos clásicos de la depresión y retrasan la búsqueda de ayuda, incluso cuando el malestar es profundo.
La alexitimia no implica ausencia de emoción, sino una desconexión entre la experiencia corporal y su simbolización. El cuerpo siente, pero la mente no traduce. La neurociencia afectiva ha señalado que esta desconexión se asocia con menor integración entre regiones límbicas y áreas prefrontales implicadas en la conciencia emocional (Lane et al., 1997). El resultado es una emoción que no se procesa y busca salida por otras vías.
Aquí aparece la irritabilidad como máscara. No porque el enojo sea falso, sino porque resulta más accesible. El enojo moviliza, protege, da sensación de control. La tristeza, en cambio, expone. En muchos hombres, la tristeza queda sumergida, como una corriente profunda que agita la superficie sin mostrarse. Lo que emerge es impaciencia, rigidez, estallidos breves o un humor constantemente tenso.
Cuando el afecto no encuentra palabras, se actúa. Freud ya señalaba que lo no simbolizado retorna en el cuerpo o en la conducta. En el caso de muchos hombres, la cultura ofreció pocas herramientas para nombrar la vulnerabilidad, pero sí autorizó la acción, el enojo o el retiro emocional. La depresión, entonces, no se reconoce como tal, sino que se vive como fastidio permanente o como pérdida de sentido silenciosa.
Este patrón tiene consecuencias serias. Aunque las mujeres reportan mayores tasas de depresión diagnosticada, los hombres presentan tasas significativamente más altas de suicidio en la mayoría de los países, fenómeno que diversos autores relacionan con la combinación de depresión no detectada, alexitimia y menor búsqueda de apoyo (Courtenay, 2000; WHO, 2021). El malestar existe, pero carece de cauces simbólicos seguros.
Muchos hombres fueron educados para habitar la superficie del mar emocional, donde las olas deben mantenerse controladas, sin descender nunca a las corrientes profundas.
Hablar de depresión masculina no consiste en patologizar la masculinidad, sino en ampliar su mapa emocional. Reconocer la alexitimia como un fenómeno frecuente permite comprender por qué la depresión en hombres suele camuflarse y por qué la irritabilidad no es el problema, sino la señal visible de algo que no encuentra palabras.
Como en el océano, no todas las corrientes se ven desde la superficie. Algunas sostienen mareas enteras sin dejar rastro evidente. Aprender a leer esas corrientes no elimina el dolor, pero evita que se vuelva silencioso y peligroso.
Cuando el afecto queda fuera del lenguaje
En psicoanálisis, la alexitimia no se entiende como una simple incapacidad para reconocer emociones, sino como una dificultad más profunda para inscribir el afecto en el lenguaje. El sujeto siente, el cuerpo responde, pero la experiencia no encuentra palabras que la organicen. No es ausencia de emoción, sino ausencia de simbolización.
Freud ya advertía que cuando una vivencia afectiva no logra representarse psíquicamente, retorna por otras vías. El afecto no desaparece; se desplaza. Puede hacerlo hacia el cuerpo, en forma de somatización, o hacia la acción, como irritabilidad, impulsividad o retraimiento. En este sentido, la alexitimia puede leerse como una modalidad de aquello que Freud llamó lo no ligado: excitaciones que no han sido trabajadas por el aparato psíquico.
El psicoanálisis lacaniano permite afinar aún más esta lectura. Para Lacan, el afecto no es un estado puramente interno, sino algo que se articula en relación con el Otro y con el lenguaje. Cuando el sujeto no dispone de significantes para nombrar lo que le ocurre, el afecto queda “fuera de discurso”. No se trata de que el sujeto no quiera hablar de lo que siente, sino de que no sabe cómo hacerlo porque ese saber no se construyó en su historia.
En muchas trayectorias marcadas por la alexitimia aparece una constante: contextos tempranos donde las emociones no fueron escuchadas, reconocidas o devueltas en palabras. El niño aprende entonces a adaptarse, a funcionar, a regularse por vías concretas, pero no a simbolizar su mundo interno. La emoción queda alojada en el cuerpo, no en el lenguaje. El resultado es un adulto eficaz, pero desconectado de su vida afectiva.
Desde esta perspectiva, la alexitimia no es un rasgo aislado, sino una solución psíquica. Una forma de protegerse cuando el lenguaje emocional resultó peligroso, inútil o inexistente. El sujeto aprende a no sentir en palabras para poder seguir adelante. El costo aparece más tarde, cuando el cuerpo o la conducta empiezan a hablar por él.
La práctica psicoanalítica no aborda la alexitimia como algo que deba corregirse de inmediato. No se trata de enseñar listas de emociones ni de forzar introspección. El trabajo consiste en construir, poco a poco, un espacio donde el afecto pueda encontrar palabras propias. No cualquier palabra, sino aquellas que tengan sentido para ese sujeto en particular.
Con la alexitimia, el agua se mueve, las corrientes existen, pero nadie las ha nombrado. El análisis no busca vaciar el mar, sino permitir que el sujeto empiece a orientarse en él, reconociendo que lo que antes se vivía como confusión o irritación era, en realidad, afecto esperando lenguaje.
Fuentes de información
Taylor, G. J., Bagby, R. M., & Parker, J. D. A. (1997). Disorders of affect regulation: Alexithymia in medical and psychiatric illness. Cambridge University Press.
Lane, R. D., et al. (1997). Neural correlates of levels of emotional awareness. Journal of Cognitive Neuroscience. https://doi.org/10.1162/jocn.1997.9.2.203
Martin, L. A., Neighbors, H. W., & Griffith, D. M. (2013). The experience of symptoms of depression in men vs women. JAMA Psychiatry. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2013.1985
Preece, D. A., et al. (2020). Why is alexithymia associated with depression? Journal of Affective Disorders. https://doi.org/10.1016/j.jad.2020.03.004
Courtenay, W. H. (2000). Constructions of masculinity and their influence on men’s well-being. Social Science & Medicine. https://doi.org/10.1016/S0277-9536(99)00390-1
World Health Organization. (2021). Suicide worldwide in the 21st century. https://www.who.int/publications/i/item/WHO-MSD-MER-19.3


